Las verdaderas “Magníficas”


(* Los nombres de los personajes han sido cambiados. Texto revisado por Inteligencia Artificial *)

(* Las fotos son creadas por IA, excepto la chica de lila que corresponde a una actríz turca. La escogí por su parecido con la chica. *)

En esta oportunidad, quería narrarles la verdadera historia de Las Magníficas, aquel relato que escribí hace un tiempo ambientado en 1986 sobre un grupo de chicas en su último año escolar. Esa ha sido una de mis historias favoritas, tanto que solía recibir muy buenos comentarios por parte de lectores como Gloria, Emili y Sirena40.

Esa historia tuvo dos versiones. La segunda se extendía más en detalle en algunos eventos, como la forma en que las protagonistas se enteran de los trágicos acontecimientos del Pozetto. La trama seguía a un grupo de chicas encantadoras y a sus vivencias en su último año de colegio, sirviendo de trasfondo grandes eventos históricos como la llegada del cometa Halley, el Mundial de México 86, los sucesos del Pozetto y la visita del Papa Juan Pablo II a Colombia.

Como comenté hace un tiempo en mi blog, yo acostumbraba a escribir y publicar relatos ambientados en un año específico de la década de los 80. Había escrito historias para 1981, 1982, 1983, 1984, 1985, 1987 y 1989. Solo me faltaba el año 1986.

Ese año era muy especial para mí, pues era el año de mi graduación del colegio en Bogotá. Tenía algunas ideas rondando, siempre tomando como marco la excursión de fin de curso con mis compañeros a Cartagena y San Andrés. Tiempo atrás, había escrito una novela que nunca publiqué en la web, titulada Aventuras estudiantiles, y su secuela, inspiradas en mis dos últimos años escolares (1985 y 1986). La historia combinaba personajes reales con ficticios. Incluso llegué a comentarlo con un excompañero del colegio, quien se ofendió enormemente por los cambios que realicé. Quizás por eso prefería publicar mis historias en la web: para llegar a lectores que no conocieron la historia real y que pudieran apreciar la obra por lo que era.

Con el tiempo, sufrí varias desilusiones con mis compañeros de curso y me di cuenta de que no valía la pena idealizarlos tanto. Uno me tiró el teléfono dos veces, enojado por algo que dije; otro resultó metido en drogas y se acompañaba de una chica de dudosa reputación, además de tener un amigo a quien yo no le caía nada bien; la mayoría resultaron ser envidiosos y conchudos. Peor aún: el que consideré mi mejor amigo solo se me acercaba para pedirme dinero y se molestaba si no se lo daba (había otro que era peor, pero al menos no era mi amigo y resultaba más sincero). De ellos, solo conservé al grupo que cantaba en el bus escolar, aunque los dejé como personajes secundarios. Quizás habrían quedado bien como villanos, pero no quería que opacaran a mis protagonistas. Curiosamente, uno de mis lectores se enfocaba más en la perrita de la historia, procurando siempre ignorar a mis “chicas”.

Fue en ese momento cuando me acordé de unas jóvenes que conocí en enero de 1986, justo después de mi viaje de regreso de Los Ángeles a Bogotá. Tal vez en su momento no las valoré lo suficiente, pero con los años comprendí que fueron las verdaderamente importantes para mí.

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El personaje de María Lynette (17 años) estaba basado en la hija de la secretaria de mi papá. En realidad, yo era más amigo de su hermano, con quien compartía el gusto por coleccionar discos de vinilo (LPs). Con él escuchábamos música tropical bailable, pero también le gustaba el pop de los 80 y la banda Queen.

Su hermana, María Lynette, era más de baladas. Aunque no tenía una gran voz, le gustaba tocar la guitarra y cantar; su canción favorita era “Las puertas del olvido” de Los Iracundos. Llegó a hacerse muy amiga de mi mamá a pesar de la diferencia de edad, a tal punto que mi mamá fue su madrina de confirmación.

María Lynette iba casi todos los fines de semana y en vacaciones a nuestra casa. Admito que me daba algo de celos que estuviera tan presente, y por eso a veces me ponía un poco agresivo o distante con ella. A su vez, ella era bastante celosa con las amigas de mi mamá, al punto de mirarlas mal, lo cual terminaba por fastidiarme.

Era rubia y de ojos verdes, pero tenía ciertos rasgos que la hacían poco agraciada según nuestra perspectiva de entonces. Mi hermano solía decir, en broma, que no tenía frente y que su nariz era demasiado pequeña; incluso una familiar, que solo la conocía por lo que le contábamos, se refería a ella entre risas como “la mujer sin rostro”. Le gustaba mucho dibujar y pintar bodegones de frutas a lápiz. Tenía un espíritu rebelde e independiente y, tal vez por eso mismo, se identificaba tanto con la letra de Las puertas del olvido.

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El personaje de Rosita (14 años) estaba basado en la hermana menor de una amiga peruana de mi mamá, quien había venido desde el Perú a visitarla. Era la más bonita de todo el grupo: tenía el cabello ondulado (aunque se lo había cortado a la altura de los hombros), ojos cafés y una hermosa figura. A mí me gustaba muchísimo.

Casi no conversamos mientras estuvo en Bogotá, pero cuando regresó al Perú comenzamos a escribirnos cartas en las que me contaba sobre su vida allá. En su estancia, llegó a salir con un chico colombiano del barrio a quien le gustaba el rock, aunque a mi hermano no le caía nada bien porque, al parecer, era de dudosa reputación.

A Rosita le fascinaba escuchar música con sus headphones (auriculares). Una de sus canciones favoritas era “Ya no puedo más” de Lorenzo Toppano. Por otro lado, decía odiar la salsa, a tal punto que una vez armó un berrinche porque pusimos un tema que no le agradaba y exigió que lo quitáramos. Tiempo después, sin embargo, confesó que le gustaba mucho “Sobre las olas”, el éxito de la orquesta colombiana The Latin Brothers. De hecho, esa salsa terminó convirtiéndose también en una de las canciones favoritas de Sara Parlova y María Lynette.



Por su parte, Sara Parlova salía con otro amigo que vivía en el barrio. Fue este amigo quien nos convenció de organizar una fiesta en mi casa. Al final terminó asistiendo gente que ni conocíamos y se armó una tremenda bronca en plena reunión. Mientras tanto, María Lynette hacía de DJ y la sacaban a bailar a cada rato. En esa época sonaban muchísimo temas como “La medicina” y “El loco y la luna”, de Wilfrido Vargas y su orquesta.

Rosita, María Lynette y Sara Parlova congeniaron muy bien con mi familia durante aquel enero de 1986. Mi mamá salía con ellas y la pasaban excelente a pesar de la diferencia de edad. Al grupo también se unió Helder (tenía nombre alemán, pero era más colombiano que la arepa), un amigo que era primo de un compañero de estudios.

Helder frecuentaba mucho mi casa y durante un tiempo salió con una de ellas, aunque la relación no duró mucho por la inmadurez propia de la edad: aunque ella aparentaba mayor estatura y presencia, en el fondo seguía siendo muy jovencita e infantil.

Al principio, Helder no se llevaba muy bien con Rosita porque le parecía demasiado coqueta y le molestaba que le gustara fumar siendo tan joven. Sin embargo, todo cambió cuando descubrieron que ambos cumplían años exactamente el mismo día, el 24 de agosto. A partir de ese momento se hicieron muy buenos amigos... ¡e incluso Helder confesó que al abrazarla sintió mariposas en el estómago! (jajajaja).

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Ahora que lo miro a la distancia, aquel enero de 1986 no estuvo nada mal. Mi mamá lo disfrutó muchísimo en compañía de las chicas y de todo ello quedaron fotos inolvidables para el recuerdo. No sé por qué en su momento quise ignorar esa etapa, pero al ver las imágenes hoy en día comprendo que fue una época realmente bonita.

Mi hermano, que era el más pequeño del grupo, no paraba de molestarlas y hacerles bromas (jajajaja). En una de las fotos, de hecho, salía haciéndole una travesura a Sara Parlova para hacerla reír.

Por otro lado, por la forma brusca o distante en que yo solía tratar a Sara Parlova, Rosita me tenía algo de recelo y miedo. Incluso, en una ocasión escuché una conversación telefónica con su hermana en la que Rosita lloraba amargamente. Quizás eso terminó por sensibilizarme con ella, así que decidí grabarle un cassette personalizado con sus canciones favoritas. Finalmente, compartí un breve pero significativo momento junto a mi mamá y María Lynette cuando fuimos a acompañarla al aeropuerto de Eldorado para despedirla en su regreso a Lima.

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¿Y qué pasó con Susy y Lilibeth?


Susy era la hermana de unos amigos músicos. Vivía en Medellín, pero en sus épocas de vacaciones venía a Bogotá a visitarnos y solía compartir con varios de mis compañeros del colegio. Su cualidad más destacada era su sinceridad sin filtros: mientras que María Lynette era más reservada (si le caías mal, no te lo decía directamente), Susy era totalmente directa y te decía las cosas en la cara. Quizás por eso chocaba a veces con María Lynette, además de los celos mutuos que se tenían por el cariño y la atención de mi mamá.

A Lilibeth la conocí un poco después. Ella tenía 21 años, aunque aparentaba menos, y mi mamá la había conocido en una clase de inglés. Con ella me llevé muy bien; no sé si en algún momento tuvo algún interés en mí, pero de mi parte solo la veía como una buena amiga. Lilibeth era caleña, aunque llevaba mucho tiempo viviendo en Bogotá, y siempre nos hablaba de su hermanita menor, que por aquel entonces era apenas una niña. Alcanzó a conocer a Susy y a María Lynette (¡María Lynette no se perdía una, jajajaja!).


A Lilibeth le encantaba el merengue “Si tú te vas”, interpretado por Juan Luis Guerra y 4.40. Decía que escribía poesía, aunque nunca llegó a declamarme ninguno de sus versos. No era para nada fea; de hecho, resultaba muy fotogénica en las fotos, aunque un tío decía en broma que tenía «nariz de rocoto» (claro, como a él solo le gustaban las rubias...). En cambio, el hermano de María Lynette opinaba que estaba guapísima (jajajaja). Al final, Lilibeth tuvo una breve relación con el primo de Helder.

Lilibeth, Susy y María Lynette estuvieron presentes en mi ceremonia de graduación del colegio y, más tarde, en la fiesta de celebración (que coincidió con mi fiesta de cumpleaños). Todavía conservo fotos de esos momentos que al mirarlas hoy en día se llenan de profunda nostalgia.

Poco tiempo después, emigré con mi familia a Miami, en Estados Unidos.

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A Sara Parlova no la volví a ver, pero un año después me enteré por su tía de que se había casado muy jovencita y ya tenía hijos. No era una mala chica; de verdad espero que sea muy feliz.

A Rosita tampoco la volví a ver en persona, pero supe que se había mudado a Fort Lauderdale, así que un día conversamos por teléfono. Fue una charla muy agradable en la que nos reímos recordando los viejos tiempos. Me contó que todavía seguía en contacto con Sara Parlova y que trabajaba en el centro comercial Sawgrass, aunque al final nunca pude visitarla. Con el tiempo también me enteré de que se había casado, motivo por el cual decidí no mantener contacto con ella. Curiosamente, un tío que tenía mi edad la llegó a ver por allá y quedó fascinado, casi embobado con su short y su escote. Él me contaba que la había visto en un par de ocasiones en Fort Lauderdale y que le seguía pareciendo muy coqueta.

Por su parte, Lilibeth y Helder terminaron trabajando en la misma fábrica donde trabajaba mi papá. Sin embargo, mientras Helder estaba en el área de producción, Lilibeth laboraba en administración, por lo que casi no se frecuentaban. Llegué a intercambiar cartas con ella hasta que dejó la empresa; en sus misivas me contaba que organizaba una tuna con compañeras de la universidad (esa entrañable hermandad estudiantil que viste indumentaria antigua y canta música popular con instrumentos de cuerda y percusión). Me prometió que me grabaría un cassette, pero al final nunca lo hizo. Tiempo después supe que también se había mudado a Florida y dejó su número de teléfono, pero preferimos no volver a contactarnos.

Helder, en cambio, emigró a Boston, aunque llegué a verlo junto a su primo en Miami y todavía lo sigo en redes sociales. Por cierto, Helder terminó estudiando enfermería y se reencontró con un amigo que habíamos conocido en Colombia.

Finalmente, con Susy también mantuve correspondencia por carta. Me contó que se casó con un peruano y tuvo un hijo. La seguí durante un tiempo en sus redes sociales, pero con los años terminamos perdiendo el contacto.

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Con María Lynette alcancé a reencontrarme un par de veces más con los años.

La primera fue en 1997, durante un viaje de tres semanas a Bogotá. En esa época, ella frecuentaba la finca de su familia, donde recolectaba moras (de ahí que su hermano mayor le dedicara la salsa “Sandra Mora”). Un primo suyo solía bromear diciendo que no era fea, sino de complexión muy robusta, jajajajaja. Aquel fin de semana, María Lynette y yo salimos con un amigo a almorzar hamburguesas en El Corral (aunque a papá no le hacía mucha gracia que los invitara a comer hamburguesas, a ellos no parecía molestarles el detalle). Después nos reunimos en un lugar a tomar algo —ellos cerveza, yo gaseosa, jejejeje— mientras escuchábamos música. Recuerdo que sonaban temas de “De pies a cabeza” del grupo Maná y canciones del salsero Víctor Manuelle. María Lynette me preguntó por Susy y por otros compañeros de aquellos años, reviviendo viejos tiempos. Hacia el final, mientras sonaba la música, me dijo: “Quizás en unos años nos acordaremos de este momento”, y vaya que tenía razón. Parece que fue ayer cuando compartimos esa tarde en Bogotá.

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Pensando en todas ellas decidí reunirlas en mi relato “Las Magníficas”. Y aunque en la vida real nunca estudié con ellas, en la ficción las junté como compañeras de curso, incluyéndolas junto a nuestra perrita “Osita”, la consentida de la casa a pesar de que se embarazaba dos veces… jajajaja.

Como las chicas tenían muy buen oído musical, se me ocurrió unirlas para crear un grupo musical dentro de la historia. Lo demás fluyó mientras escribía: la anécdota de cómo deciden formar el grupo está basada en una historia real que me contó una prima sobre cuando cantaba en el bus con sus amigas. La canción “Chicas de hoy”, de Tatiana, encajaba a la perfección con lo que quería reflejar en ellas: "chicas de hoy / con el mundo al hombro / chicas de hoy / lo podemos todo / aceptando valientemente / que nadamos contracorriente / nuestros sueños son sueños / que podemos hacer realidad".

Quizás a las chicas no les hubiera gustado del todo algunos cambios de la ficción, pero no fue con mala intención; lo único que buscaba era rendirles un homenaje sincero a aquellos años que recuerdo con tanta nostalgia.

Volví a ver a María Lynette en 2018 y 2019, justo antes de que el mundo cambiara. Nos reuníamos en su apartamento y en el centro comercial, donde nos contaba de sus planes, anécdotas y chismes (aunque ella decía en broma que no era chismosa, jajajaja). Le encantaba andar en moto. La notamos un poco desmejorada, más rellenita y con el cabello más corto, pero tras unos buenos consejos de mi mamá, su semblante fue mejorando notablemente.

Incluso, María Lynette estuvo presente en mi fiesta de 50 años, donde además nos dimos el gusto de bailar un huaynito. Nos despedimos con un gran abrazo fraternal. Poco después viajé a Miami, donde mi mamá y yo quedamos confinados por la emergencia sanitaria global; sin embargo, ella seguía intercambiando mensajes de WhatsApp y llamadas con mi mamá. Curiosamente, al inicio María Lynette no terminaba de dimensionar la magnitud de lo que pasaba: "¿Allá también conocen el virus?", nos llegó a preguntar.

No pudimos regresar a Bogotá hasta mayo de 2021. Apenas pisamos la ciudad, su mamá nos escribió por WhatsApp para anunciarnos la devastadora noticia: María Lynette acababa de fallecer a causa de aquellas complicaciones de salud. Quedamos destrozados y profundamente tristes por la noticia. Que en paz descanse.


Por todo eso, reescribí la historia de “Las Magníficas” desde su perspectiva, cambiando la ilustración de los personajes con rostros de actrices de telenovelas y series de los 80s. Incluí guiños a la telenovela Cristal que ella tanto veía, su fascinación por el actor de Automan, su admiración por Diego Armando Maradona y más referencias a sus canciones favoritas, como Las puertas del olvido de Los Iracundos. 

Más adelante, a los personajes de Las Magníficas los volví a reunir en mi foronovela “Chicas en Cuarentena”, aunque en esa ficción preferí no mencionar su partida real; era demasiado triste recordar que ya no nos acompañaba físicamente.

Y es que, cada vez que lo pienso, a través de los tiempos estas chicas representaron una parte fundamental de mi vida, porque compartí con ellas alegrías, tristezas, malentendidos y discusiones. Para mí, pase lo que pase, ellas siempre serán “Las Magníficas”.

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Para terminar, quiero presentarles este playlist que he elaborado en Spotify donde he incluído canciones de ambas versiones del relato "Las Magníficas" junto con canciones mencionadas aquí. También, he incluído el tema "Maria Elena" (versión de Los Panchos), otro de los temas que interpretaba María Lynette con su guitarra. Como no he podido encontrar "Ya no puedo más" de Lorenzo Toppano, entonces, la sustituí por, otra canción que escuchaba Rosita, "Take on Me" de A-HA. También, he incluído una canción de otra Tuna femenil, representando a la tuna que participaba Lilibeth,  Otras canciones que he escuchaba María Lynette, "De pies a cabeza" de Maná ,"He tratado" de Victor Manuelle y "Sandra Mora" de Naty y su Charanga. También, he incluído canciones que hacen referencia a momentos históricos de 1986: "México 86" de Juan Carlos Abara (el mundial de fútbol), "El Taller del Orfebre" (la visita al Papa Juan Pablo II en 1986) y "Luna de miel en la mano" de Virus (por la mención al cometa Halley).


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