Esta historia sucedió el 4 de julio de 2006. Recibí la visita, desde el Perú, de mi abuelo materno junto con su pareja de entonces, a quien llamaremos cariñosamente la «tía». Su parentesco en la familia era una mezcla curiosa: era tía de unos primos hermanos míos y, al mismo tiempo, cuñada de la hermana mayor de mi mamá (otra de las hijas de mi abuelo).
Aquel día salimos a almorzar a TGI Friday’s, un restaurante del norte de Bogotá. Mi abuelo no comía en cualquier lugar; le gustaban los sitios elegantes y de buen ambiente. La «tía» padecía un fuerte dolor de pierna que la obligaba a apoyarse en un bastón para poder desplazarse.
Esa tarde se disputaba la semifinal del Mundial Alemania 2006 entre la selección local e Italia. Fuimos los cuatro: mi mamá, mi abuelo, la «tía» y yo. Mi abuelo, como buen descendiente de italianos, apoyaba con pasión a la Squadra Azzurra, que en ese torneo contaba con un equipo legendario.
Al llegar, la mesera nos entregó unas papeletas para participar en la polla (quiniela) del restaurante y vaticinar el marcador. Nosotros apostamos por un 2-1 a favor de Italia y nos acomodamos a ver el encuentro en pantalla gigante mientras pedíamos la comida. Fue un partido sumamente intenso, de ida y vuelta, lleno de ocasiones falladas, tensión constante y un nerviosismo palpables en ambas escuadras. Tras noventa minutos electrizantes sin goles, el encuentro se fue a la prórroga, alargando el sufrimiento.
Cuando todo indicaba que la semifinal se definiría desde el punto penal, llegó el momento culminante: tras un tiro de esquina y una jugada brillante, Fabio Grosso sacó un remate certero... ¡GOOOOLLLL de Italia! El 1-0 ponía a Italia en la final y enmudecía por completo al público local. Mi abuelo y yo celebramos con euforia, mientras la «tía» sonreía complacida desde su silla. Minutos después, en un contragolpe fulminante, Alessandro Del Piero decretó el 2-0 definitivo que selló la victoria azzurra.
Con el pitazo final, llegó la hora de revisar la polla. Aunque Italia había ganado 2-0 en los 120 minutos, la mesera dio por válido nuestro pronóstico de «2-1» (o el registro que otorgaba el triunfo a Italia). De repente, el anunciador del restaurante pronunció por altavoz el nombre de la «tía» como la ganadora de la apuesta. En ese instante ocurrió el milagro: la «tía» soltó el bastón, olvidó por completo sus dolencias y corrió llena de júbilo a reclamar su premio. Mi mamá y yo no podíamos contener la risa ante la escena; jamás imaginamos que ganar una apuesta futbolera tuviera semejante poder curativo.
Con los años, este recuerdo ha cobrado una dimensión mítica y entrañable. Mi abuelo y la «tía» regresaron tiempo después al Perú. Ella falleció dos años más tarde, en 2008. Mi abuelo partió en 2018, apenas unos días antes de que comenzara el Mundial de Rusia. Curiosamente, en esa edición de 2018, Italia ni siquiera logró clasificar y Alemania quedó eliminada en la primera ronda.
Aquel partido de 2006 no solo quedó grabado por la hazaña deportiva de silenciar al anfitrión, sino porque inmortalizó una tarde perfecta de risas, fútbol y complicidad junto a seres queridos que hoy viven para siempre en la memoria.



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