(Foto creada con IA. Texto revisado y corregido con IA. *)
Esta anécdota es real aunque parezca inverosímil, y prueba una verdad irrefutable: el aguardiente es el embellecedor definitivo, el único capaz de borrar cualquier fealdad.
Esto le pasó a mi primazo con una compañera de nuestro trabajo.
El otro día, mi primo nos avisó que había ingresado a la compañía una nueva empleada. Al principio, mi primo no sabía si era chica o chico de lo extremadamente fea que era. Tan fea que, en lugar de darle el pecho, le daban la espalda. Tan fea que nos contó que ella puso una denuncia en Recursos Humanos por acoso laboral… ¡porque nadie la acosaba! Jajajaja. Siempre contaba el mismo chiste. Hasta le tenía un apodo a la chica: «baldosa floja», porque nadie la pisa.
De todos modos, mi primo, resignado, sabe que la empresa es un paraíso para las feas: «Si eres fea, la empresa te emplea».
Un día vimos a la chica caminando con otra compañera de mejor cuerpo. Mi primo me decía: «Ahí vienen las chicas. Yo me quedo con la de bonito cuerpo y tú con la fea». Por supuesto que yo quería lo contrario… pero él insistía en que jamás en la vida se fijaría en ella.
Sin embargo, mi primo tenía fama de elegir siempre a las menos favorecidas. Hasta los compañeros, en broma, le recomendaban el «bagre frito» y se reían de él. Otra compañera lo comparaba con Armando Mendoza, el de Yo soy Betty, la fea, porque conquistaba a las feas.
A mi primo le encantaba tomar aguardiente en las fiestas. Hasta le rezaba una plegaria antes de tomarse cada copa:
«¡Oh, aguardiente, puro y casto!
¡Quién fuera tan solo un vaso
para tenerte en mi pecho
y darte mi último paso!»
Yo siempre le insistía en la magia del guaro: «El aguardiente opera milagros, es capaz de transformar a cualquier bagre en una reina de belleza». Mi primo, muy indignado, lo negaba rotundamente diciendo que a él no se le nublaba el juicio.
Pero llegó la prueba de fuego. En una reunión familiar a la que asistieron varios compañeros (incluida la fea), el primo hizo su acostumbrada plegaria y empezó a bajarse los shots de un solo sorbo.
Ahí fue cuando el poder embellecedor del aguardiente hizo su magia.
A los pocos minutos, mi primo, ya bien tomado, sacó a bailar a la fea. ¡A la mismísima «baldosa floja»! La abrazaba, le coqueteaba y la miraba como si fuera una modelo de pasarela. Los invitados no podíamos contener la risa al ver cómo el alcohol le había cambiado la cara por completo a la chica ante sus ojos. Lástima que no grabamos la escena del baile con la fea.
Hoy, mi primo (ya bueno y sano) niega rotundamente haber bailado con ella. Pero esa noche nos quedó claro que para el aguardiente no existen feas. El guaro no discrimina.
¿Y la chica? Aunque ya no trabaja en la empresa, mi primo sigue contando sus chistes… mientras yo le sigo recordando la noche en que el aguardiente convirtió a la más fea en su reina del baile.

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