Acento neutro, sensiblería y ficción: entre "La Usurpadora" y las foronovelas

NOTA DEL AUTOR: No me gusta depender de la IA para redactar artículos de opinión, pero, siempre han habido malentendidos e incomprensiones de un sector crítico en Colombia hacia la postura de Telemundo-RTI en crear producciones híbridas. He sufrido muchos malentendidos y confusiones debido a mis opiniones, así que opté por redactar esta nota con la ayuda de una IA. Espero que, por fin, el argumento quede claro y conciso para que, por fin, entiendan mi fastidio hacia esas críticas. 

Acento neutro, sensiblería y ficción: entre "La Usurpadora" y las foronovelas

(* escrito con la ayuda de una Inteligencia Artificial *)

El canal Univisión Latinoamérica está emitiendo la más reciente versión de La Usurpadora, protagonizada por Sandra Echevarría. En esta historia, la actriz mexicana interpreta a las gemelas Paola y Paulina, dos hermanas separadas al nacer con personalidades opuestas. La particularidad de esta versión es que Paulina (la hermana buena) creció en Colombia, por lo que resulta curioso ver cómo la actriz intenta capturar el acento colombiano.

Cuando ambas se conocen, Paola (la villana arribista) convence a Paulina de suplantarla y, para lograrlo, le da clases de etiqueta y de acento mexicano. Esa escena en la que Paola le enseña a sonar como mexicana a Paulina me recordó de inmediato las duras críticas de analistas como Omar Rincón y Javier Santamaría contra el llamado "acento neutro" en las producciones de RTI-Telemundo a comienzos de los años 2000.

Siempre me llamaron la atención esas quejas. Armaron un drama tremendo argumentando que les estaban "imponiendo" un acento ajeno, que los actores iban a perder su identidad cultural y demás discursos nacionalistas. En el fondo, creo que la molestia real venía del hecho de que Canal Caracol emitiera estas telenovelas de RTI-Telemundo en horario estelar, un espacio reservado históricamente en Colombia para las producciones 100 % locales. Como algunas llegaron a ser un éxito rotundo (como Pasión de Gavilanes), el canal las vendía como "colombianas" por ser grabadas en el país con talento local, aunque en pantalla parecieran producciones internacionales o mexicanas.

Para argumentar con propiedad, hay que entender por qué se quejaban. Omar Rincón tenía una postura ideológica clara: para él, el acuerdo industrial de producir contenidos "globales" y estandarizados para el mercado hispano de Estados Unidos significaba desmantelar la televisión de autor colombiana. A Rincón le dolía que Colombia pasara de crear historias costumbristas con identidad propia a convertirse en una simple "maquila" de telenovelas para Miami, donde el país ponía los estudios y los actores, pero la narrativa perdía su alma local.

Lo de Javier Santamaría —y toda la oleada de críticos y bloggers que surgieron tras él— resulta bastante más flojo. Más que un análisis con peso propio, sus discursos parecían una simple imitación de la postura de Rincón. Se dedicaron a repetir la consigna de la "pérdida de identidad" como un eco chauvinista, convirtiendo un debate de la industria audiovisual en una rabieta de orgullo patrio.

Aunque la mayoría de esos espacios hayan sido tragados por la nada del ciberespacio y hoy resulte imposible recuperar sus textos, no han desaparecido de mi memoria. Portales como la extinta página EnRodaje o las plataformas de blogs de El Tiempo se convirtieron en el altavoz de esta tendencia. Allí proliferaron posturas de todo tipo: desde cibernautas más mesurados y amables que extrañaban la época en que las telenovelas colombianas sí parecían colombianas, hasta otros bastante más polémicos y viscerales que ponían fotos de perfil al estilo Denzel Washington o Sidney Poitier y escribían notas cargadas de drama pidiendo no más Grazzias Fontanas en la televisión. Incluso en los foros de la época, la fiebre llegó al extremo de ver a internautas enfrentarse a comunidades enteras de fanáticos de La Tormenta, descalificando su éxito con la absurda premisa de que no tenían argumentos para atacar a Omar Rincón porque sencillamente no era una novela colombiana.

Esa repetición en cadena era lo que más fastidiaba de la postura original: desató una ola de purismo cultural donde todo el mundo quería sonar elevado e intelectual imitando el mismo argumento empaquetado, sin detenerse a pensar si al espectador común le importaba un comino el acento mientras la historia fuera buena.

Desde esa perspectiva analítica, solía argumentarse que nuestra televisión quedaba en una posición de vulnerabilidad frente a las grandes industrias internacionales. Se asumía una postura casi defensiva donde la producción local debía ser "protegida" para no ser absorbida por ese mercado globalizado que tenía como sede a Miami.

Sin embargo, viéndolo desde la experiencia cotidiana del espectador, esa alarma resultaba un tanto exagerada. Al televidente colombiano jamás le acomplejó ni le preocupó consumir historias de fuera cuando estas eran entretenidas. Nadie sintió que el país perdiera su esencia ni su soberanía cultural por disfrutar en su momento de series norteamericanas como Los Magníficos, Automan o Dinastía, de animes y animaciones como José Miel, La abeja Maya o He-Man, o incluso cuando la famosa "Perubólica" causó furor sintonizando masivamente la televisión peruana vía satélite.

La gente simplemente disfrutaba de la pantalla sin lecturas sociológicas. Pensar que una telenovela grabada en neutro o impulsada desde Miami amenazaba las raíces de todo un país era sobredimensionar el impacto de un producto de entretenimiento, el cual siempre ha convivido de manera natural con la televisión local.

Aquí es donde entra la diferencia clave: Televisa es una empresa mexicana que produce en México para el mercado mexicano, por lo que es lógico que exija acento local a sus talentos extranjeros. Telemundo, en cambio, producía en Estados Unidos (y luego en Colombia) buscando captar al enorme público hispano, en su mayoría de origen mexicano. Irónicamente, esa vasta comunidad inmigrante prefería ver la televisión producida directamente en México. La conclusión es clara: la imposición del "acento neutro" no era una conspiración para erradicar la cultura de ningún país, sino una estrategia comercial impulsada por la oferta y la demanda del mercado televisivo.

Toda esa controversia basada en frases como "Miami nos roba la identidad" o el mito chauvinista de que "en Colombia se habla el mejor español del mundo" solo demuestra una marcada sensiblería y un nacionalismo exagerado frente a un fenómeno inofensivo.

Curiosamente, el fenómeno inverso jamás genera indignación. ¿Alguna vez un espectador mexicano se ha sentido ofendido al ver a sus actores "colombianizados" en pantalla? En absoluto; al contrario, suelen abrazar y respetar las costumbres y tradiciones de Colombia con admiración.

Al final, el público demostró que la crítica académica estaba desconectada de la realidad. La gente no ve televisión para hacer activismo lingüístico ni para defender la "soberanía del acento". Lo único que le importa al espectador es encontrarse con una historia que tenga carisma, que lo enganche de verdad y que se sienta natural sin verse forzada. Y si una producción logra eso, poco importa el acento que usen los personajes.

Al final, el tiro les salió por la culata a los críticos: con tanta rabieta y debate, lo único que consiguieron fue agigantar la figura de esas producciones de RTI-Telemundo, volviéndolas mucho más famosas y legendarias de lo que probablemente merecían.

Y caigo en la misma ironía: con tanto recordar sus columnas, yo mismo termino haciéndole propaganda a Omar Rincón y elevándolo como el "Tarzan Boy" no oficial de mis reflexiones y de mi propio universo en las foronovelas.

Por eso, en mis foronovelas suelo hacer un guiño irónico a esta polémica. En mi más reciente proyecto, De tu amor, utilicé las imágenes de los actores mexicanos Oswaldo de León e Imelda Tuñón para ilustrar e inspirar a dos hermanos colombianos (Jorge Patricio y Giselda). Lo hice adrede, como una pequeña parodia para demostrar que la actuación y la ficción están para jugar con los roles, romper fronteras y dejar de dramatizar por cosas tan triviales como el origen de un actor. Lo mismo hice en mi relato Las chicas del concierto, donde los mexicanos Ximena Navarrete y Jorge Luis Vázquez ilustran a dos colombianos, Ximena y Erik, que alientan a la selección Colombia en un partido de eliminatorias al Mundial Brasil 2014; con el detalle deliberado de que el personaje de Ximena recita sus diálogos cargados con un "mirá, vé" puramente caleño.

Gracias.

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