Tres chicas de alto vuelo
Una historia de Renzoch
*Sinopsis:
Connie, Paulina y Amelia son tres bellas jóvenes que trabajan como auxiliares de vuelo para una prestigiosa aerolínea. A pesar de compartir la misma profesión, cada una guarda un sueño profundo por cumplir. Connie aspira a convertirse en una estrella del pop; Paulina, fogosa y apasionada, anhela encontrar a un hombre apuesto a quien entregarle su amor; y Amelia vive atrapada en la nostalgia, incapaz de olvidar a un viejo romance del pasado. Por azar del destino, durante un vuelo programado de Miami a Los Ángeles, las tres se cruzarán con tres jóvenes que transformarán el viaje en una experiencia completamente inolvidable.
*Personajes (Todo el elenco es IA):
*Connie (Foto: Inés Lorena, actríz virtual hecha con IA):
*Paulina (Foto: Sara Elcy Muriel, actríz virtual hecha con IA):
***Presentando a... NATACHA, Azafata de Avión (Personaje basado de la publicación franco-belga Spirou titulada “Natacha, Hotesse Chez Spirou” de Walthery Gos):
Y la productora musical (Foto: Antonia del Real "Toñita", actríz virtual hecha con IA):
El inicio del viaje
El eco de los pasos de las tres mujeres resonaba en los pasillos de la terminal del Aeropuerto Internacional de Miami (M.I.A.). Vestían sus uniformes reglamentarios de un azul impecable y ceñido al cuerpo: minifalda, saco, gorra y zapatos de tacón alto. Su andar elegante y el cadencioso movimiento de sus figuras despertaban suspiros de admiración a su paso, mientras la megafonía del aeropuerto parecía sintonizar a la perfección con el momento al reproducir los acordes de My Girl de The Temptations:
"I've got sunshine on a cloudy day / When it's cold outside I've got the month of May / I guess you'd say / What can make me feel this way? / My girl (my girl, my girl) / Talkin' 'bout my girl (my girl)."
Connie, oriunda de San Francisco, California, era la más baja del grupo y, sin duda, la más soñadora. A su lado caminaba Amelia, originaria de Luanda, Angola, una exuberante mujer de piel morena que ya había dejado varios corazones rotos en su tierra natal. Cerraba el trío Paulina, proveniente de Kiev, Ucrania, la más fogosa y sensual de las tres, quien no perdía oportunidad para obsequiarle un coqueto guiño de ojos a cada hombre guapo que se cruzaba en su camino.
—Oye, Paulina, ¿es que no te cansas de andar guiñándole el ojo a medio mundo? —le preguntó Amelia con una sonrisa de complicidad.—¡Ay, es que no lo puedo evitar! —respondió Paulina con picardía—. ¡Los hombres guapos me vuelven loca!
—¿Y hay alguno en especial que ya te haya flechado?
—No lo sé... Con tanta variedad que hay por aquí, la verdad es que la elección está difícil. ¡Yo solo deseo un hombre guapo que sea exclusivo para mí!
—Ay, Paulina, de verdad que no sé qué voy a hacer contigo... —suspiró Amelia, negando con la cabeza—. Pero a propósito, ¿tú no dejaste ningún corazón roto en Angola?
—Bueno... para serte sincera, sí —confesó Amelia con un deje de nostalgia.
—¿En serio? ¿Y cómo se llama? Vamos, cuenta, cuenta...Antes de que pudiera responder, Connie intervino con prisa, rompiendo el misticismo del momento.
—¡Muchachas, basta de charlas! Ya es hora de abordar. Nos espera el vuelo a Los Ángeles.
—¡Menos mal! —exclamó Paulina—. Ya no veo la hora de subir al avión. Me agota estar demasiado tiempo en tierra firme; ¡necesito volar!
—Ojalá esta vez me toque atender en Primera Clase —comentó Amelia—. Los pasajeros suelen ser mucho más tranquilos allí.
—¡Pues yo lo único que pido es que me toque viajar con un hombre guapo! —sentenció Paulina entre risas.
Al llegar a los filtros de seguridad, las jóvenes debieron cumplir con el protocolo e iniciar el retiro de sus zapatos de tacón y objetos metálicos. En ese instante, uno de los guardias se interpuso en su camino.
—Un momento, señoritas. Necesitamos realizar una requisa de rutina. Es la ley.El guardia procedió a revisar a Paulina, extendiendo el control reglamentario un poco más de lo estrictamente necesario. Lejos de incomodarse, ella disfrutó del sutil contacto físico sobre su esbelta silueta.
—¡Ay, agente! Qué manos tan profesionales tiene —le susurró al oído con picardía—. Lo felicito, se nota que hace muy bien su trabajo.
Antes de avanzar, Paulina le dedicó un último guiño. El oficial se quedó estupefacto, suspirando como un tonto mientras la contemplaba alejarse con su característico vaivén de caderas. Connie y Amelia, por su parte, prefirieron solicitar que una oficial mujer realizara su inspección, aunque aquello no evitó que siguieran siendo el centro de atención de las miradas masculinas del lugar.
—Ay, chicas, de verdad no entiendo cómo les da tanta vergüenza que las revise un hombre —comentó Paulina mientras se acomodaba el uniforme.
—La verdad es que preferimos evitarlo —respondió Connie—. Hay algunos que se pasan de atrevidos.
—¡Pero si ellos solo están cumpliendo con su deber! Y hay que admitir que lo hacen de maravilla.
—Cuídate mucho, Paulina —le advirtió Amelia—. Mira que hay mucho sinvergüenza suelto por ahí.
—Lo que pasa es que ustedes dos son muy insípidas. Les falta chispa.
—No es eso, Paulina —replicó Connie con firmeza—. Nosotras simplemente somos muchachas decentes y tenemos dignidad.
—¡Así se habla, Connie! —la respaldó Amelia—. La dignidad va ante todo.
—Está bien, como digan, dignas señoritas —concluyó Paulina sonriendo—. ¿Nos subimos ya al avión?
Almas gemelas en la sala de espera
Mientras tanto, en la sala de embarque, Guilherme, Sergio y Oscar aguardaban pacientemente la señal de la tripulación para abordar.
—Les confieso, muchachos, que este viaje me tiene muy entusiasmado —comentó Sergio con la mirada perdida en el techo—. Pero lo que más me ilusiona es la remota posibilidad de conocer a una azafata como Natacha.
—¿Otra vez con eso? ¿Te refieres a tu amiga imaginaria? —preguntó Oscar burlón.
—No es imaginaria, es arte. Es la protagonista de esa historieta franco-belga de la revista Spirou. ¡No se imaginan lo que daría por toparme con una mujer así en este vuelo!
—Soñar no cuesta nada —intervino Guilherme con una sonrisa—. Y tú, Oscar, ¿en qué tanto piensas? Te noto distraído.
—¿Otra vez con eso? ¿Te refieres a tu amiga imaginaria? —preguntó Oscar burlón.
—No es imaginaria, es arte. Es la protagonista de esa historieta franco-belga de la revista Spirou. ¡No se imaginan lo que daría por toparme con una mujer así en este vuelo!
—Soñar no cuesta nada —intervino Guilherme con una sonrisa—. Y tú, Oscar, ¿en qué tanto piensas? Te noto distraído.
—Pienso en Amelia...
—¿Y quién es ella? ¿Alguna novia que dejaste en África? —indagó Sergio, mostrando curiosidad.
—Algo así. Amelia Lopes es una mujer bellísima que conocí durante un viaje a Luanda.
—¿Y qué pasó entre ustedes? Vamos, no te guardes los detalles.
—Lamentablemente tuve que regresar a los Estados Unidos y perdimos el contacto por completo. Desde entonces, solo ruego al cielo volver a verla.
—Vaya historia —dijo Sergio antes de mirar al tercero del grupo—. ¿Y tú, Guilherme? ¿Hay algún amor platónico en tu radar?
—Para nada, muchachos. Yo solo tengo cabeza para mi música. Lo único que deseo es aterrizar en Los Ángeles y no arruinar la audición con ese importante productor musical. En fin, denme un minuto, voy al baño.
—¿Y qué pasó entre ustedes? Vamos, no te guardes los detalles.
—Lamentablemente tuve que regresar a los Estados Unidos y perdimos el contacto por completo. Desde entonces, solo ruego al cielo volver a verla.
—Vaya historia —dijo Sergio antes de mirar al tercero del grupo—. ¿Y tú, Guilherme? ¿Hay algún amor platónico en tu radar?
—Para nada, muchachos. Yo solo tengo cabeza para mi música. Lo único que deseo es aterrizar en Los Ángeles y no arruinar la audición con ese importante productor musical. En fin, denme un minuto, voy al baño.
En el trayecto, Sergio creyó ver visiones. Caminando en dirección opuesta se encontraba una curvilínea azafata rubia, cuyo uniforme idéntico al de Natacha, Hôtesse chez Spirou parecía sacado directamente de las páginas de Walthery. Al cruzarse con él, la mujer le dedicó una mirada intensa y un guiño que congeló al joven en su sitio.
—Hola, guapo. ¿Qué haces por aquí tan solo? —le preguntó ella con una voz aterciopelada.
—Hola... ejem... Natacha... —tartamudeó Sergio, visiblemente nervioso—. Iba al baño... ¿puedo pasar?
—Por supuesto que puedes, mi amor. Pero dime, ¿por qué eres tan esquivo conmigo? ¿Será que ya no me quieres?
—Claro que te quiero, Natacha, pero entiende que este no es el lugar adecuado...
Sin previo aviso, la misteriosa mujer comenzó a llenarlo de besos y caricias, provocando la incomodidad del joven, quien miraba hacia todos lados temiendo ser descubierto.
—Hola, guapo. ¿Qué haces por aquí tan solo? —le preguntó ella con una voz aterciopelada.
—Hola... ejem... Natacha... —tartamudeó Sergio, visiblemente nervioso—. Iba al baño... ¿puedo pasar?
—Por supuesto que puedes, mi amor. Pero dime, ¿por qué eres tan esquivo conmigo? ¿Será que ya no me quieres?
—Claro que te quiero, Natacha, pero entiende que este no es el lugar adecuado...
Sin previo aviso, la misteriosa mujer comenzó a llenarlo de besos y caricias, provocando la incomodidad del joven, quien miraba hacia todos lados temiendo ser descubierto.
—Por favor, Natacha... déjame tranquilo, tengo prisa.
Sergio se escabullió rápidamente al interior del baño, pero para su sorpresa, la coqueta azafata entró tras él, arrinconándolo con la mirada. Fue en ese preciso instante cuando Oscar ingresó al lugar, deteniéndose en seco al ver a su amigo hablando e interactuando con la nada.
—¡Otra vez tú! ¿Es que no me vas a dejar en paz? —decía Sergio al aire—. ¿Me das permiso, por favor?
—Sí, claro —respondió la voz en la mente de Sergio—. Pero antes dime que me quieres.
—Está bien, Natacha... te quiero mucho.
—¡No lo digas solo por compromiso! Quiero que lo digas con el corazón.
—¡De todo corazón te quiero mucho! ¿Ya estás contenta?
—¿Me das un besito?
Sergio cerró los ojos y se inclinó hacia el frente para besar el aire, momento exacto en que Oscar decidió intervenir, tomándolo del hombro.
Sergio se escabullió rápidamente al interior del baño, pero para su sorpresa, la coqueta azafata entró tras él, arrinconándolo con la mirada. Fue en ese preciso instante cuando Oscar ingresó al lugar, deteniéndose en seco al ver a su amigo hablando e interactuando con la nada.
—¡Otra vez tú! ¿Es que no me vas a dejar en paz? —decía Sergio al aire—. ¿Me das permiso, por favor?
—Sí, claro —respondió la voz en la mente de Sergio—. Pero antes dime que me quieres.
—Está bien, Natacha... te quiero mucho.
—¡No lo digas solo por compromiso! Quiero que lo digas con el corazón.
—¡De todo corazón te quiero mucho! ¿Ya estás contenta?
—¿Me das un besito?
Sergio cerró los ojos y se inclinó hacia el frente para besar el aire, momento exacto en que Oscar decidió intervenir, tomándolo del hombro.

—¿Qué te pasa, Sergio? ¿Otra vez hablando solo en el espejo?
—No estoy solo, estoy con Natacha —respondió él, abriendo los ojos de golpe.
—¿Ah, sí? ¿Y dónde está? Porque yo solo veo azulejos.
—Está aquí mismo, a mi lado. ¡¿No la ves?!
—Mira, compadre —le dijo Oscar con tono serio pero compasivo—. Creo que ya va siendo hora de que busques una novia real y dejes atrás tus fantasías de papel.
—Supongo que tienes razón... —admitió Sergio, bajando la cabeza—. Creo que es momento de sentar cabeza.
—Así se habla. Vámonos ya, que acaban de anunciar nuestro vuelo.
Tras reunirse con Guilherme, los tres amigos se encaminaron hacia la puerta de embarque. Justo en ese momento, las tres bellísimas auxiliares de vuelo pasaron junto a ellos. Los jóvenes, absortos en sus propios pensamientos, reaccionaron tarde y solo alcanzaron a contemplarlas por la espalda, quedando mudos ante el hipnótico compás de sus caderas. Un suspiro unísono escapó de sus pechos. El destino les sonreía: viajarían en el mismo avión que aquellas tres deidades del aire.
Bienvenidos a bordo

—Hola, buenas tardes. ¿Me permiten sus pases de abordar, por favor? —solicitó Connie con una sonrisa deslumbrante.
Guilherme se quedó congelado, hipnotizado por la belleza de la joven.
—¡Oye, Guilherme, reacciona! —le susurró Sergio, dándole un codazo—. Entrégale los boletos.
—¿Ah? Oh, sí, claro... Tome, hermosa señorita —alcanzó a decir Guilherme al entregar los papeles—. ¿Le han dicho alguna vez que tiene unos ojos maravillosos?
—Muchas veces, la verdad... pero viniendo de usted es un detalle muy lindo. Gracias —respondió Connie, asomando un leve sonrojo.
—¿Y usted nos acompañará durante todo el trayecto?
—Así es. De hecho, estoy asignada a su sección.
Connie le dedicó una última sonrisa cargada de dulzura. Sergio y Oscar tuvieron que arrastrar prácticamente a Guilherme hacia el pasillo del avión, burlándose de su repentino enamoramiento durante todo el camino.
Una vez dentro, mientras Paulina y Amelia guiaban a los pasajeros, los tres amigos ubicaron sus asientos en Clase Turista. Tras acomodar el equipaje de mano en los compartimentos superiores, Guilherme le rogó a Oscar que le cambiara el asiento para poder quedarse del lado del pasillo. Oscar aceptó de buena gana, sabiendo perfectamente que su amigo solo quería estar más cerca del área por donde pasaría Connie.

Minutos después, las puertas se cerraron y el capitán dio la bienvenida al vuelo 879 con destino a Los Ángeles, anunciando un tiempo estimado de ruta de cinco horas. Connie se ubicó al frente del pasillo central para realizar la demostración de seguridad y el uso de los chalecos salvavidas, acaparando la atención total de Guilherme. Con el rugido de las turbinas, el avión finalmente despegó, elevándose hacia los cielos.
Encuentros en las alturas
—Bueno, chicas, me muevo a mi sector —anunció Paulina con entusiasmo—. ¡Me voy a Primera Clase!
—Que te vaya bien —respondió Connie—. A Amelia y a mí nos toca el trabajo pesado aquí en Clase Turista.
—¡Buena suerte, la van a necesitar! Con su permiso, voy a repartir las toallas húmedas. ¡Chao!
Paulina se alejó empujando su carrito con gracia hacia la zona exclusiva del avión.
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Mientras tanto, en la Clase Turista, el ambiente era muy diferente. Guilherme, Oscar y Sergio ya comenzaban a padecer la incomodidad y estrechez de sus asientos. De repente, Sergio creyó divisar nuevamente a Natacha al fondo del pasillo, quien le hacía señas con una sonrisa para que la siguiera. Sin pensarlo dos veces, el joven se desabrochó el cinturón y se puso de pie.
—¡Sergio! ¿A dónde vas? —lo detuvo Oscar, tomándolo del brazo.
—Es Natacha... me está llamando. Tengo que ir con ella.
—¿Otra vez con esa absurda obsesión?
—No es una obsesión, Oscar. Ella es la única que me comprende de verdad.
Sergio se soltó y caminó a paso rápido siguiendo la silueta espectral hasta la sección de Primera Clase. Al llegar a la zona de descanso, la imagen mental de Natacha se giró hacia él.
—Hola, mi amor. Me alegra que hayas tenido el valor de seguirme hasta aquí.
—¿Qué es lo que quieres decirme, Natacha? ¿Por qué me buscas tanto?
—Solo quiero estar cerca de ti, guapo. ¿Por qué insistes en huir de mí? —preguntó ella, volviendo a guiñarle un ojo.
—Discúlpame... son los nervios del viaje. Esta audición en Los Ángeles es la oportunidad de nuestras vidas. ¿Me perdonas?
—Está bien, te perdono. Pero dime... ¿te parezco bonita?
—Por supuesto que sí. Eres la mujer más hermosa que he visto en toda mi vida.
Justo en ese instante, Paulina, quien se encontraba ordenando unas bandejas a pocos centímetros de él, escuchó las palabras del joven y se dio la vuelta con una mezcla de sorpresa y diversión.
—Perdón... ¿me estás hablando a mí?
Sergio parpadeó espantado. La figura de Natacha se había desvanecido y ahora se encontraba a solas con la bella azafata ucraniana.
—¿Ah, sí? ¿Y dónde está tu amiga? Porque aquí no hay nadie más.
—Ella... se acaba de ir. Sí, eso.
—Pues qué lástima —dijo Paulina, arqueando una ceja con coquetería—. Por un momento me había ilusionado pensando que me considerabas la mujer más hermosa que habías visto en tu vida.
—Bueno... la verdad es que sí es usted muy hermosa, señorita... Paulina —alcanzó a leer en el gafete de su uniforme—. Pero creo que lo mejor será que regrese a mi asiento en Clase Turista. Con su permiso.
Sergio se dio la vuelta a toda prisa, completamente abochornado. En su retirada torpe, tropezó con el asiento de un pasajero, provocando una risa cristalina en Paulina. Sin embargo, antes de cruzar la cortina divisoria, la figura de Natacha volvió a materializarse frente a él, cruzada de brazos.
—No me gusta en absoluto la forma en que miras a esa mujer —le reclamó la aparición.
—¿Estás celosa? —replicó Sergio en voz baja—. Solo es una aeromoza que me prestaba atención.
—Sí, pero me pareció sumamente coqueta.
—Bueno, es muy bonita, hay que admitirlo... aunque no tanto como tú.
Desafortunadamente para Sergio, sus palabras fueron pronunciadas justo al lado de un pasajero de aspecto robusto y temperamento feroz, quien creyó firmemente que el joven le estaba coqueteando a su esposa sentada al lado. El hombre se levantó de su asiento como un resorte y, sin mediar palabra, le propinó un certero puñetazo en la mandíbula.
—¡¿Pero qué le pasa?! ¿Por qué me golpea? —exclamó Sergio, llevándose la mano al rostro dolorido.
—¡Acabo de escuchar cómo le decías bonita a mi esposa en mi propia cara, infeliz! —rugió el pasajero.
—¿A su esposa? No, no, usted no entiende... yo no... ¡olvídelo!
Avergonzado y adolorido, Sergio corrió a refugiarse a la zona de la cocina trasera del avión. Natacha apareció de inmediato a su lado, con una sonrisa burlona.
—Te lo mereces por andar de coqueto con otras mujeres.
Para empeorar la situación, Paulina, alertada por el altercado, llegó al lugar para verificar el estado del joven, provocando que la aparición de Natacha bufara de celos.
—¿Qué fue lo que pasó? ¿Por qué te golpeó ese hombre? —preguntó Paulina con genuina preocupación.
—Es que... pensó que le hablaba a su esposa, cuando en realidad yo estaba... ¡ay, da igual!
—Volviste a hablar con tu amiga invisible, ¿verdad? Veo que la encontraste de nuevo —comentó Paulina con una sonrisa comprensiva.
—Sí, algo así. Creo que lo mejor será volver a mi asiento definitivamente. Gracias por todo.
Sergio regresó a la Clase Turista arrastrando los pies, mientras Paulina volvía a sus labores, intrigada por la peculiar personalidad del muchacho.
Melodías y turbulencias
Mientras tanto, en otra sección del avión, Oscar comenzó a experimentar fuertes mareos debido al movimiento de la aeronave. Decidido a ir al baño para refrescarse, avanzó por el pasillo central buscando la asistencia de alguna azafata. Al ver una silueta de espaldas, le tocó el hombro. Cuando la mujer se dio la vuelta, el corazón de Oscar se detuvo.
—¿Amelia? ¿De verdad eres tú?
—¿Oscar? ¡No puedo creerlo! ¿Qué haces en este vuelo?
—Voy a una reunión muy importante en Los Ángeles... pero no tenía idea de que trabajabas como auxiliar de vuelo.
—Pues ya lo ves, el mundo es un pañuelo —respondió ella con una sonrisa radiante—. Pero dime, te noto muy pálido, ¿te encuentras bien?
—La verdad es que estoy un poco mareado... no sé qué me pasa...
En ese preciso instante, una fuerte turbulencia sacudió el avión, haciendo que el piso se moviera bruscamente. Por instinto, Oscar se aferró a la cintura de Amelia, atrayéndola hacia su cuerpo para no caer, mientras ella se sostenía de sus hombros. El impacto del reencuentro y la cercanía física congelaron el tiempo; ambos se miraron fijamente a los ojos en un silencio absoluto, dejando que los latidos de sus corazones hablaran por ellos.
En ese preciso instante, una fuerte turbulencia sacudió el avión, haciendo que el piso se moviera bruscamente. Por instinto, Oscar se aferró a la cintura de Amelia, atrayéndola hacia su cuerpo para no caer, mientras ella se sostenía de sus hombros. El impacto del reencuentro y la cercanía física congelaron el tiempo; ambos se miraron fijamente a los ojos en un silencio absoluto, dejando que los latidos de sus corazones hablaran por ellos.
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Al mismo tiempo, en la zona delantera de la Clase Turista, Connie se encargaba de repartir los auriculares para el sistema de entretenimiento a bordo. Al llegar al asiento de Guilherme, le entregó el dispositivo con extrema delicadeza, notando de reojo el cuaderno donde el joven realizaba algunas anotaciones.
—Toma, guapo, para que disfrutes de nuestra programación a bordo —le dijo Connie con una voz sumamente dulce.
—Muchas gracias —respondió Guilherme al recibir los audífonos, clavando su mirada en ella—. Eres muy amable.
—Gracias a ti. Y por cierto, eres un chico muy apuesto.
—Solo soy un tipo común y corriente, te lo aseguro.
—Bueno, debo continuar. Si necesitas cualquier otra cosa, me llamo Connie y estaré encantada de ayudarte.
—Connie... hasta tu nombre suena como una melodía —susurró el joven.
La azafata le regaló un último guiño antes de continuar su camino. Guilherme se quedó inmóvil, viéndola atender al resto de los pasajeros con una gracia inigualable. El contraste de sus brillantes ojos azules con su piel blanca y su larga cabellera oscura terminó por desarmarlo. Inspirado por la presencia de su musa, Guilherme tomó su bolígrafo y comenzó a escribir febrilmente un poema dedicado por entero a Connie.
Minutos más tarde, Sergio regresaba de su odisea cuando la figura de Natacha volvió a cerrarle el paso.
—Hola, guapo. ¿Me cantas nuestra canción? —le pidió con ojos suplicantes.
—Por favor, Natacha, déjame en paz de una vez. Voy al baño.
—Pero el baño de tu sección está hacia el otro lado.
—¿Y eso qué tiene que ver?
—Que vas directo a la Primera Clase... de seguro quieres ver a la tal Paulina.
—¿Y qué si fuera así? ¡Ella es una mujer real, de carne y hueso! ¡No una fantasía de papel como tú!
Al escuchar aquellas palabras, la aparición comenzó a llorar desconsoladamente. El remordimiento golpeó con fuerza el pecho de Sergio, quien intentó calmarla de inmediato.
—No, no llores... no quise decir eso, perdóname... ¿sí?
—Está bien, te perdono —sollozó Natacha—. Pero con una condición: tienes que cantarme nuestra canción aquí y ahora.
—¿Que cante aquí? ¿En medio del pasillo?
—Sí, o de lo contrario no volveré a hablarte nunca más.
Los pasajeros sentados a su alrededor comenzaron a mirarlo con profunda extrañeza, murmurando entre ellos sobre el extraño comportamiento del joven que discutía con el aire. Sin más remedio, Sergio respiró hondo y comenzó a cantar a capela los primeros versos de My Girl:
"I've got sunshine on a cloudy day / When it's cold outside I've got the month of May..."
Su voz, sorprendentemente afinada y melodiosa, llenó el pasillo. Al escuchar el talento de su amigo, Oscar y Guilherme se levantaron de sus asientos y se unieron a él, armonizando las voces a la perfección. La improvisada interpretación musical rompió la monotonía del vuelo; los pasajeros comenzaron a aplaudir y a seguir el ritmo con las palmas, atrayendo la atención de Paulina, Connie y Amelia, quienes observaban la escena con absoluta admiración desde sus puestos.
Al finalizar la canción, la cabina estalló en vítores y aplausos.
—¡Los felicito! —exclamó Amelia, acercándose al grupo—. Es una canción hermosa y lo hicieron increíble. Oscar, no tenía idea de que tenías esa voz tan espectacular.
—Es un talento que tenía bien guardado —respondió él con una sonrisa—. De hecho, viajamos a Los Ángeles para probar suerte con una productora musical.
—Estoy segura de que les irá de maravilla.
—¡Y además hay que admitir que los tres cantan como los ángeles y son guapísimos! —añadió Paulina, guiñándole el ojo a Sergio.
Connie se acercó discretamente a Guilherme.
—Gracias, Connie. Mi verdadero sueño es que el mundo escuche mis propias composiciones.
—No tengo dudas de que serán todo un éxito.
—Quizás algún día tú también te animes a mostrarme lo que escribes —sugirió Guilherme con timidez.
—¡Ay, no! Lo mío no es tan bueno, dudo que te interese —respondió ella nerviosa.
—A mí me interesa todo lo que venga de ti.
—Ejem... creo que debo volver al trabajo, que para eso sí soy buena —concluyó Connie, retirándose a toda prisa para ocultar su emoción.
Paulina y Amelia se despidieron también de los muchachos con promesas de volver a hablar más tarde, permitiendo que los tres amigos regresaran a sus respectivos asientos.
Secretos compartidos
—¡Muchachos, no me lo van a creer! —exclamó Oscar apenas se sentaron—. ¡Amelia está trabajando en este avión! Es una de las azafatas.
—¿Amelia? ¿La chica de Angola de la que nos hablaste? —preguntó Sergio asombrado.
—La misma. Qué tremenda coincidencia. Y por cierto, Sergio, te vi muy acaramelado con la azafata de Primera Clase. ¡Bien hecho! A ver si por fin entierras tus fantasías y te enfocas en una mujer real.
—La verdad es que Paulina es espectacular —admitió Sergio con una sonrisa boba.
—¡Estamos saliendo con las mujeres más hermosas del universo! —celebró Oscar entre risas—. Aunque hay que admitir que Amelia tiene porte de Miss Universo.
Guilherme, sin embargo, no participaba de la conversación. Mantenía los ojos cerrados, suspirando en silencio un nombre: "Connie... Connie..."

—Oye, Guilherme, ¿y quién es Connie? —lo interrumpió Oscar, dándole un empujón.
—¿Eh? ¿Qué pasa?
—¡Despierta, hermano! Parece que Cupido también te dio donde más te duele.
—Esperen un momento... ¿Connie no es la compañera de Paulina y Amelia? —indagó Sergio.
—¡Exacto! —confirmó Oscar—. ¡Muchachos, esto es el destino! Los tres estamos completamente enamorados de tres hermosas auxiliares de vuelo.
Con el paso de las horas, el vuelo recuperó su calma habitual. Para pasar el tiempo, Oscar y Guilherme decidieron sintonizar la clásica película My Girl de 1991 en las pantallas individuales. Sin embargo, incapaz de concentrarse por los nervios, Oscar se levantó de su asiento para estirar las piernas y buscar la compañía de Amelia en la parte posterior.
—Hola, Oscar. ¿Necesitas algo? —le preguntó ella al verlo llegar.
—La verdad es que la película estaba un poco aburrida y preferí venir a verte. ¿Cómo va todo?
—Descansando un minuto, por fin. No te imaginas lo agotador que puede ser este trabajo, aunque este vuelo ha sido bastante pacífico. Hay días en que los pasajeros no te dejan respirar con tantas exigencias.
—¿Estás loco? ¿Y de qué se supone que voy a vivir? Además, creo que ya me acostumbré a pasar la vida en las nubes; no sé si podría adaptarme a la tierra firme.
—Cuando nos hagamos famosos con el grupo, te aseguro que no tendrás que volver a preocuparte por trabajar para sobrevivir —le prometió Oscar con ternura.
El joven extendió su mano para acariciar suavemente el rostro de Amelia, acercándose a sus labios mientras le tarareaba los versos de su canción. Sin embargo, Amelia reaccionó a tiempo y se apartó con suavidad.
—Oscar... un momento, por favor. Esto no está bien.
—¿Pasa algo? ¿Es que ya no sientes nada por mí?
—No es eso... pero estoy de servicio. Si mi supervisor nos llega a ver en esta situación, podrían despedirme de inmediato. De verdad necesito este empleo para subsistir. Lo siento mucho.
Amelia se dio la vuelta y se alejó por el pasillo. Oscar regresó a su asiento con el corazón compungido, pero más decidido que nunca a conquistarla.
+++
Casi al mismo tiempo, Guilherme caminaba por el pasillo central cuando una melodía sumamente dulce capturó su atención. Siguiendo el sonido, descubrió a Connie en una de las cabinas de servicio, cantando a media voz una composición propia:
"It's hard to be ignored / When I look at you / You look so bored / My baby, my darling / I've been taking a beating..." ("In the Sun" interpretada por Zoey Deschannel)
Guilherme se quedó sin aliento ante la vulnerabilidad y el talento de la joven.
—Cantas como un ángel... —dijo él, revelando su presencia.
—¡Ay! Qué susto me diste —respondió Connie, llevándose la mano al pecho—. No te escuché venir.
—¿Tú escribiste esa canción? Es realmente hermosa, Connie. Tienes un talento impresionante.
—No es para tanto, de verdad... solo son ideas que me vienen a la cabeza.
—Escúchame, ¿por qué no nos acompañas a la audición con la productora cuando aterricemos? Estoy seguro de que si te escucha, te contratará de inmediato.
—No lo sé... tengo que cumplir con mis horarios de la aerolínea.
—No dejes pasar esta oportunidad de cumplir tus sueños por miedo —le insistió Guilherme, regalándole un guiño cargado de aliento antes de retirarse.
Connie se quedó pensativa, sintiendo que algo cambiaba en su interior. Sin embargo, la aparente calma del vuelo estaba a punto de romperse de forma violenta por culpa de una amenaza silenciosa: un pasajero conocido en los reportes de inteligencia criminal como el "Depredador de los Cielos".
Peligro en el aire
—¡Sergio! ¡Sergio, despierta ya! —gritó la aparición mental, sacudiendo imaginariamente al joven.
—¿Eh? ¿Qué pasa ahora, Natacha? Déjame dormir un rato...
—¡Es Paulina! ¡Está en grave peligro! Tienes que seguirme de inmediato.
—¿Peligro? ¿De qué hablas? Estamos a diez mil metros de altura y pasamos por un control de seguridad extremo. Creo que estás exagerando.
—¡No estoy exagerando, muévete!
Guiado por la urgencia de su visión, Sergio se levantó y corrió hacia la sección de Primera Clase. Mientras tanto, el delincuente ponía en marcha su plan, fingiendo un malestar severo para atraer a la azafata ucraniana.

—Señorita Paulina... por favor, necesito ayuda... no me siento bien...
—No se preocupe, señor, aquí estoy —respondió ella acudiendo de inmediato—. ¿Qué le ocurre?
—Estoy muy mareado... por favor, ¿podría acompañarme a la zona de baños para refrescarme? No creo poder caminar solo.
—Por supuesto, apóyese en mí.
Paulina lo guio amablemente hacia el pasillo trasero, una zona desolada y alejada de la vista del resto de los pasajeros.
—Muy bien, llegamos. ¿Se siente mejor? —preguntó ella.
Sin previo aviso, el hombre transformó su expresión en una mueca de pura malicia y la sujetó con violencia por las muñecas, arrinconándola contra la pared.
—¡Lo que necesito es tenerte a ti, mamacita rica! ¡Estás hermosa! —exclamó el sujeto, intentando besarla a la fuerza.
Paulina luchó con todas sus fuerzas por zafarse del agarre, pero el agresor, notablemente más fuerte, le propinó un fuerte golpe en el rostro que la dejó semiinconsciente en el suelo. El criminal comenzó a forzar las prendas de su uniforme, dispuesto a consumar el delito, cegado por la lascivia.
—¡Suelta a Paulina ahora mismo, maldito! —rugió la voz de Sergio, quien irrumpió en el pasillo como un torbellino.
El delincuente se dio la vuelta enfurecido y se abalanzó sobre el joven. La pelea fue brutal. Los golpes resonaron por las paredes del avión, atrayendo de inmediato la atención de la tripulación y de Guilherme, Oscar, Amelia y Connie, quienes acudieron corriendo al escuchar el escándalo. Al ver la situación, los amigos no dudaron en intervenir, desatando una lluvia de golpes sobre el agresor hasta reducirlo por completo y dejarlo inconsciente en el suelo.
El oficial de seguridad aérea a bordo del vuelo se abrió paso entre la multitud, mostrando su placa reglamentaria antes de colocarle las esposas al criminal.
—Excelente trabajo, muchachos —declaró el oficial—. Estábamos tras la pista de este sujeto desde hacía meses, pero siempre lograba camuflarse con identidades falsas. Gracias a su rápida intervención, pasará una muy larga temporada tras las rejas.
—No hay nada que agradecer, oficial —declaró Amelia con profunda indignación—. Me repugna esta clase de escoria. Lléveselo lejos de aquí.
Mientras el oficial arrastraba al delincuente hacia la zona de resguardo, Amelia tomó la mano de Oscar con fuerza, encontrando consuelo en su presencia. Connie, por su parte, miró fijamente a Guilherme a los ojos.

—Muchas gracias por tu valentía, Guilherme. Gracias por defendernos de ese monstruo.
—No fue nada, Connie... solo hice lo que dictaba el corazón —respondió él con timidez.
Sergio se arrodilló de inmediato al lado de Paulina, ayudándola a incorporarse con extrema delicadeza. La joven abrió los ojos, visiblemente alterada.
—¡No, déjame! ¡Suéltame!
—Tranquila, hermosa, ya todo pasó... estás a salvo conmigo —le susurró Sergio con voz protectora.
Al reconocer al joven, Paulina se aferró fuertemente a su cuello, rompiendo en llanto.
—¡Mi héroe! Me salvaste la vida...
—No fui solo yo... en realidad fue Natacha quien me advirtió del peligro.
—¿Natacha?
En ese instante, la silueta de la azafata de historieta se materializó una última vez frente a Sergio, mirándolo con una profunda ternura y orgullo.
—Gracias, mi gran amiga —le dijo Sergio mentalmente.

—No hay de qué, vaquero —respondió la visión—. Detesto ver que abusen de las mujeres, tenía que hacer algo. Mi misión contigo ha terminado; es hora de que continúe mi viaje. Adiós, Sergio.
—¿Te vas? ¿De verdad no volveré a verte?
—Ya no me necesitas, mi amor. Ahora tienes a alguien real a tu lado que te cuidará muy bien. Sé feliz.
—Adiós, Natacha. Jamás te olvidaré.
—¿De verdad es ella? —preguntó Paulina de repente, mirando hacia el mismo punto fijo que Sergio.
El joven se dio la vuelta, completamente atónito.
—¿La puedes ver?
—Por supuesto que sí... ¡Es Natacha! De niña era una fiel admiradora de sus historietas; de hecho, ella fue la verdadera inspiración por la que decidí convertirme en azafata.
La aparición sonrió de oreja a oreja al escuchar aquellas palabras.
—Qué hermoso saber que mi legado sigue vivo en los cielos. Sean muy felices, muchachos. ¡Hasta siempre! —exclamó la mítica azafata antes de regalarles un último guiño y desvanecerse para siempre en el aire.
Paulina y Sergio se miraron a los ojos, acortando la distancia entre ambos hasta fundirse en un beso apasionado y lleno de alivio. Sin más contratiempos, el vuelo 879 continuó su curso de manera pacífica a través de las nubes.
Un nuevo comienzo en Los Ángeles
Finalmente, tras más de cinco horas de travesía, los neumáticos del avión chirriaron sobre la pista de aterrizaje del Aeropuerto Internacional de Los Ángeles (LAX). Tras desembarcar, los tres amigos caminaban por la terminal, cada uno del brazo de una de las tres hermosas auxiliares de vuelo.
—Bueno, muchachos, llegó el momento de la verdad —anunció Guilherme, abrazando con delicadeza a Connie—. No queremos llegar tarde a nuestra cita con la disquera.
—¡Ay, qué lástima! —se lamentó Oscar, sosteniendo con fuerza la mano de Amelia—. Con lo bien que la estábamos pasando juntos.
—Oigan, chicas —sugirió Sergio, rodeando la cintura de Paulina—. ¿Por qué no nos acompañan a la reunión?
—Bueno, la verdad es que nosotros deberíamos... —empezó a decir Connie, dudosa.
—¡Por supuesto que aceptamos! —la interrumpió Paulina con entusiasmo—. ¡Nos encantaría ir con ustedes!
—Yo también estoy de acuerdo —secundó Amelia, guiñándole el ojo a Oscar—. Vamos, Connie, no te vas a arrepentir.
Ante la insistencia de sus amigas y la mirada ilusionada de Guilherme, Connie terminó por aceptar. El grupo abordó un taxi con dirección al hotel para dejar el equipaje y prepararse para la gran cita.
+++
Horas más tarde, el destino los citaba en las oficinas de Veda Records. Los tres jóvenes aguardaban con evidente nerviosismo en la sala de espera, mientras las tres azafatas, sentadas al frente con las piernas cruzadas de manera sumamente elegante, les dedicaban sonrisas y guiños cómplices para transmitirles tranquilidad.
Finalmente, la secretaria anunció sus nombres, permitiendo el ingreso de Sergio, Oscar y Guilherme al despacho principal. Detrás del imponente escritorio de caoba se encontraba Veda Chlumsky, la prestigiosa productora musical, quien los recibió con una postura imponente y profesional que capturó de inmediato la atención de los músicos.
—Buenos días, caballeros. Soy Veda Chlumsky. Díganme, ¿dónde está su representante?
—Para ser sinceros... de momento no tenemos representante, señora Chlumsky —respondió Guilherme con una sonrisa nerviosa.
—Ya veo. Los recuerdo perfectamente; mi asistente los vio cantar en aquel centro comercial. Ustedes se hacen llamar "Los Tres Magníficos", ¿es correcto?
—Así es, y venimos decididos a conseguir un contrato con su sello.
—Muy bien, ¿y cuál es el estilo de su propuesta?
—Manejamos una fusión de pop, R&B, blues y baladas —explicó Guilherme.
—¿Tienen algo de rap en su repertorio? —indagó la ejecutiva.
—¿Rap? No, la verdad es que lo nuestro va por otro camino —aclaró Oscar—. Nuestras principales influencias provienen del sonido Motown: The Temptations, The Four Tops, Ray Charles... Interpretamos clásicos de esa época combinados con material inédito de nuestra autoría.
—¿Ah, sí? ¿Ustedes mismos componen? Me interesa. Déjenme escuchar una muestra de sus canciones.
Los Tres Magníficos se acomodaron en el centro de la oficina e iniciaron una armonización impecable de uno de sus temas propios. No hizo falta que terminaran la pieza; a mitad de la interpretación, Veda levantó la mano con una gran sonrisa, interrumpiéndolos.
—¡Excelente! He escuchado más que suficiente. El talento es innegable. ¡Están contratados! Bienvenidos a Veda Records... pero con una sola condición.
—¿Qué condición, señora? —preguntó Sergio, intrigado.
—La visión actual del sello está enfocada en lanzar agrupaciones mixtas. Necesito que incorporen voces femeninas al proyecto para crear un concepto más dinámico. ¿Entienden a lo que me refiero?
Sergio sonrió de oreja a oreja, intercambiando miradas con sus amigos.
—Entendemos perfectamente, jefa. De hecho... las candidatas perfectas están justo afuera de su puerta.
—Maravilloso... ¡Háganlas pasar de inmediato!
Guilherme abrió la puerta de la oficina con entusiasmo, invitando a pasar a las tres bellas azafatas. Sin el menor titubeo, impresionada por el porte y la actitud del grupo completo, la productora redactó el contrato definitivo para los seis integrantes. Aquella tarde nació oficialmente el grupo "The Flight Attendants" (Los Auxiliares de Vuelo), una agrupación musical que en muy poco tiempo se convirtió en un fenómeno rotundo de éxito, conquistando las listas de popularidad a nivel nacional e internacional.
+++
El tiempo transcurrió y, tras una época dorada repleta de giras, aplausos y éxitos memorables, los integrantes decidieron cerrar ese ciclo de mutuo acuerdo, tomando rumbos distintos pero felices:
Amelia y Oscar formalizaron su unión en matrimonio y decidieron mudarse definitivamente a Angola, donde formaron una hermosa familia lejos de los reflectores.
Connie y Guilherme continuaron sus carreras musicales como solistas de gran renombre, uniendo sus talentos para fundar su propia y exitosa productora discográfica.
Paulina y Sergio decidieron regresar a su gran pasión compartida: los cielos. Juntos abrieron una exclusiva compañía de vuelos privados, encargada de ofrecer servicios de transporte de lujo para las más grandes estrellas del mundo del espectáculo.
Y fue así como tres jóvenes soñadores encontraron el verdadero éxito y el amor de sus vidas al lado de tres maravillosas chicas de alto vuelo.
FIN

















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