"Una Noche de Reencuentro" (Relato escrito y revisado con la ayuda de una IA- La IA modificó algunos diálogos)
Por: Renzo (Adaptación de la Foronovela)
PROTAGONISTAS: (* Todo el elenco es IA *)
+Carolina (Foto: Sara Elcy Muriel, actríz virtual):
+Mario:
+Don Pancho:
+Hilda:
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En un país extranjero, lejos de su familia y adaptándose a una nueva vida llena de desafíos, Mario encuentra algo de compañía en sus colegas de trabajo, como el joven y alegre Jorge.
—Oye, Mario, ¿qué vas a hacer esta noche? —pregunta Jorge.
—Descansar... El día ha estado muy agitado.
—¡Vamos! ¡Van a transmitir un partido de fútbol muy importante! ¿Qué te parece si vamos a verlo al restaurante de un amigo mío?
—No lo sé...
—¡Anímate! La vida no es solo trabajo, también hay que disfrutarla. ¿Qué dices?
—Hummm... está bien —responde Mario, aunque con ciertas dudas. No es de los que salen tarde en la noche, pero, en total, es solo para ver un partido. ¿Qué de malo podría pasar?
Mario llega con Jorge al restaurante-bar de Don Pancho, ubicado en una esquina de un barrio humilde. La noche es fría y el lugar algo desgastado, pero hay un ambiente familiar. Jorge le presenta a Don Pancho, un hombre carismático de unos cincuenta años. Se sientan y Don Pancho les trae de inmediato una botella de licor, mientras Mario prefiere pedir una gaseosa sin hielo y algo de comida.
El partido está intenso y, mientras lo ven en la TV, Don Pancho les prepara un plato suculento. Pancho se une a ellos en la mesa, compartiendo anécdotas de cuando era entrenador de fútbol, dirigiendo imaginariamente a los jugadores en la pantalla. Al terminar el encuentro, el ambiente se relaja con una partida de dados, pero Jorge, aburrido, mira hacia la calle.
—¡Oye, Pancho! ¿Qué te parece si vamos al frente?
—¿Al frente? ¿Qué hay al frente? —pregunta Mario con curiosidad.
—Al lado... están las chicas malas que hacen cosas buenas.
—¡No! ¡Allá no! —exclama Don Pancho con insistencia y un tono de preocupación.
Pero la curiosidad puede más que la precaución.
—Parece un lugar interesante... ¿Nos vamos? —exclama Mario.
—¡Oigan! ¿No quieren otra partidita de dados? —interviene Don Pancho, intentando retenerlos.
Pero Mario y Jorge ya han decidido cruzar la calle.
—Dios, por favor... —susurra con la voz quebrada por la desesperación—. No puedo seguir con esto. Te ruego que me ayudes a encontrar un hombre, a alguien que me quiera de verdad, alguien que me saque de este infierno. No es lo que quería para mi vida... no me dejes sola.
Sus plegarias son interrumpidas por un golpe seco. Doña Hilda aparece entre las sombras, con la elegancia severa de quien no tolera la debilidad. La toma firmemente del brazo y, con un movimiento brusco, la obliga a levantarse ante el espejo.
—Shhh... cállate, Carolina —sisea Hilda, con los ojos inyectados en una firmeza gélida—. Dios también ayuda a las que se ayudan a sí mismas. Y aquí, la única ayuda que tienes soy yo. No te pongas insegura ahora, que la inseguridad no paga las deudas. Lo que necesitas es fuerza, no arrepentimiento.
—Pero, Hilda... —intenta protestar la joven, temblando.
—"Pero" nada. ¿Tienes trabajo afuera? No. ¿Tienes comida en la mesa? Sí, gracias a este lugar. Entonces, haz lo que tienes que hacer, límpiate esas lágrimas, ponte el labial rojo y deja de soñar despierta. El cliente no paga por ver a una santa llorando, paga por una mujer que lo haga sentirse vivo.
Carolina cierra los ojos, derrotada. Lentamente, con manos temblorosas, toma el labial, sintiendo cómo su alma se resquebraja un poco más con cada trazo de pintura.
Fue en ese preciso instante cuando la puerta principal se abrió. Jorge entró primero, presumiendo seguridad, pero Mario se quedó un segundo atrás, observando el salón con una mirada que buscaba algo más que simple compañía.

—Perdón, Doña Hilda, necesitamos un servicio... —exclama Jorge.
—Han llegado en mal día. Solo hay tres muchachas disponibles. Lo siento —responde la madame.Sus ojos se cruzan con los de Carolina, quien acaba de terminar de emular una sonrisa vacía. En ese momento, los ojos de Mario se dirigen hacia la joven sentada en el sofá. Tiene el cabello negro, largo y ondulado, que resalta sus hermosos ojos marrones. Viste una prenda informal: chaqueta y pantalón vaquero azul. Es un "look" sencillo, pero no por eso menos provocativo. De inmediato, Mario siente una extraña sensación en el pecho. No ve a la "prostituta" que Hilda exige; alcanza a ver, en el brillo todavía húmedo de sus ojos, la sombra de una mujer que, en el fondo, le está rogando a la vida una segunda oportunidad.
—Gracias —ella sonríe.
—¿Te pasa algo? ¿Por qué estás triste?
—Snif... He tenido un mal día —dice Carolina—. La situación no es buena.
—Bueno, la situación económica no es buena para nadie. Pero, por favor, no llores.
—No estoy llorando... es el maquillaje que se me corrió.
—Quiero ser tu amigo. ¿Me lo permites? —dice Mario.
—Dime, Mario, ¿te gusta la chica? —pregunta Jorge.
—Sí, claro. Está bien —responde Mario, mirándola. Ella le devuelve una mirada coqueta.
—Muy bien, Doña Hilda, ¿cuánto es? —pregunta Jorge.
—Tiene que negociar con la muchacha —responde Hilda.
Jorge y la chica se hacen a un lado para hablar y cierran el trato.
—Muy bien, Mario, ya negocié. Cualquier cosa, me avisas, estaré al frente.
La chica mira a Mario con deseo, pero, en el fondo, siente cierta ternura hacia él, un sentimiento que él le devuelve de inmediato. Jorge le pide a Doña Hilda que acompañe a Mario y se retira al restaurante de Don Pancho.
En el bar, Mario se queda solo con ella.
—¿Cómo te llamas? —pregunta él, intentando conversar.
—Me llamo Carolina.
Hilda, desde la barra, los observa como un halcón. Ella no ve "amor a primera vista", ve a un cliente que está bajando la guardia, lo cual es peligroso para su negocio. Se acerca a la mesa, pone una mano firme sobre el hombro de Carolina y clava sus ojos en Mario.
—No se esfuerce tanto, caballero —dice Hilda—. Ella está aquí para entretener, no para buscar confesiones. No gaste su tiempo en historias tristes que ella misma inventa para sacarle un poco más de propina.
—No estoy buscando entretenimiento, Hilda. Estoy buscando a alguien que merece algo mejor que este lugar.
—Entonces, ¿qué dices? ¿Te gusta la chica o no?
Carolina interviene con una pose fingidamente sensual:
—Oye, guapo, vamos arriba a pasarla rico.
Mario acepta. Carolina sube las escaleras con él. En la habitación, guiados por una conexión inmediata, Mario la abraza con fuerza.
—¿Puedo darte un beso?
Ella responde al beso con un impulso tierno. Él la admira, quitándole poco a poco sus botines.
—No, por favor. No me quites las medias, tengo frío —exclama ella asustada. Él accede, respetuoso.
—Nada. ¿Quieres que conversemos?
—Está bien... Eres muy lindo, pero muy tímido.
En la cama, comienzan a hablar. Ella comienza a tararear la canción: "Solos tú y yo, en la habitación..."
-Cantas muy bien. Deberías ser cantante profesional.-, dice Mario.
-Gracias.
-¿Cuántos años tienes?-, él pregunta.
-Tengo 22 años.-Eres jovencita... ¿De dónde eres?
-Yo soy de aquí, de la Capital.
-¿Toda tu familia es de aquí?
-Así es. Y tú, ¿De dónde eres?
-Yo nací en el Perú.
-¿En serio? Yo conozco mucha gente de tu país. Es gente muy chévere.
-Gracias.
-Y, ¿Extrañas a tu país?
-¡Mucho! ¡Allá tengo a mi familia, mi gente, mi cultura!
-Lo entiendo... yo estuve unos meses en la frontera... ¡Y me la pasaba extrañando a mi "tierrita"! Dime, ¿Y por qué te viniste a vivir aquí?
-Trabajo en una multinacional y, me transfirieron a ocupar un puesto aquí.
-¿En serio?-, dice Carolina, con los ojos brillosos de la emoción.
-Sí, claro. Y, la verdad, no tengo mucho tiempo. Solo para el trabajo.
-Pero, la vida, no es solo trabajo. También hay que disfrutarla y pasarla rico.
Mario mira a Carolina, y sonríe con ternura, al ver la mirada pícara de la muchacha.
Mario se ríe.
-Y tú, ¿Cómo sabes eso?-, pregunta Mario.
-Lo vi en un programa de TV.
-Pues, la verdad... eso no es cierto. Una "pollada" es una reunión, donde asiste la gente de bajos recursos.
-Interesante.-, dice Carolina.
-¿Qué es lo interesante?
-Lo que me platicas de tu país... Imagínate... aquí, estamos los dos... "el peruano y la capitalina".-, opina Carolina.
-¡Ja! Parece título de telenovela: "La Costeña y el Cachaco." ¿Ves esa telenovela?-, pregunta Mario.
-Yo no veo telenovelas.-, responde Carolina.
Entonces, los dos hacen una pausa. Él la mira, suavemente con pasión. Por alguna razón, una pregunta surca su mente.
-¿Vas a misa?
-¡Por supuesto! Nunca me olvido de Dios. Todos los Domingos, sin falta, voy a misa, para escuchar la palabra del Señor. A propósito, ¿Dónde vives?-Cerca de aquí.
Pasan los meses y Mario no ha vuelto a verla. Por su parte, Carolina tiene que estar con otros clientes, pero, algo cambió en su ser después de conocer a Mario. En su trabajo, ella encontraba varios hombres maliciosos que solo quiere manosearlas y tratarla muy mal.
-No, no, por favor, no pare, por favor, no siga.-, dice ella, levántandose de la cama.
-¿Qué pasa? Mire, señorita, no he venido acá a perder tiempo. He pagado toda mi "prima" (la bonificación de fin de año) para pasar una noche...y me tiene que responder.
-Lo siento. No estoy de humor.
Entonces, el hombre sujeta a Carolina y se violenta.
-¡¡¡Tú me tienes que responder, perra!!!-, exclama el hombre, pero, Carolina se rehusa tanto que el hombre le da una bofetada... ¡¡¡Puuuaaaafff!!! Carolina recoge su ropa y sale del cuarto. En ese momento, llega Hilda.
-¿Qué pasa aquí?
-¡¡Esto es una estafa!!! ¡¡¡Exijo que me devuelvan la plata!!!-, exclama el hombre.
-¿Te pasa algo, Carolina?

-No se preocupe.-, dice doña Hilda, -Tenemos otras muchachas que podrían satisfacer su deseo, ¿Me acompaña?
Doña Hilda acompaña el hombre hasta la barra del bar. Pero, Hilda mira a Carolina, muy enojada, y le hace una señal para hablar más tarde. Carolina extraña a Mario ya que él ha sido el único que la trata como una mujer. Y quiere volverlo a ver. Entonces, Hilda regresa y encara a Carolina.
-¿Te pasa algo, Carolina? ¡¡¡Es el tercer cliente que pierdes ó te comportas como debe ser, ó tendrás una dura sanción!!!
-Extraño a ese chico, Mario.
-Pues, él no ha vuelto y mejor porque la verdad, no creo que deba volver aquí. Vamos a trabajar.
Entonces, ellos regresan a la barra.
+++
Varios meses después, Carolina se entera que Don Pancho hará un almuerzo y convence a Doña Hilda para ir. Por su parte, Mario también va al restaurante de Don Mario con su amigo Jorge.
Mario llega al restaurante. De repente, Mario siente que alguien lo llama por detrás. Se voltea. Es Carolina.
-Hola... ¿Cómo has estado? La verdad, te extrañé bastante...
-Yo también te extrañé mucho. ¿Y cómo va... el trabajo?
-Pues, todo bien. ¿Y tú? ¿Cómo va el tuyo?
-¡Uf! ¡Está difícil, casi no hay trabajo!
En ese momento, colocan música y se escucha la canción: "Regálame una noche, llena de ternura..."
-¿Quieres bailar esta pieza, Carolina?
-Acepto encantada.
Mario y Carolina ingresan a la pista de baile, bailando muy juntitos al compás de la romántica melodía. De repente, se aparece la esposa de Don Pancho y le pide a Carolina que se retire del lugar, que es un sitio decente. Don Pancho está asustado. Mario y Carolina se separan.
-¿Pasa algo malo, Don Pancho?-, pregunta Mario.
-Lo siento, pero tu amiga no puede estar aquí... ella no es bienvenida aquí.
-¡Espera, Mario! ¡Esa mujer no te conviene! ¡Déjala!
-¡Ella... yo la amo!
-¡Tú no amas a esa mujer... tan solo estás apasionado por ella, pero no la amas... Esa "zorra" no puede amar a nadie! ¡Esas mujeres no pueden amar a nadie!
-¿Le pasa algo, Don Pancho?
Don Pancho se retira con Mario a un lugar para platicar mejor. Le cuenta que hubo pasado con ella, Pero, Mario se retira de la reunión. Pero Mario no ha vuelto a ver a Carolina.
Ella, con la mirada perdida en el Cristo, parece librar una batalla.
—Es curioso encontrarnos aquí —continúa él—. Frente a quien todo lo ve.
—Quizás es el único lugar donde no tengo que fingir ser quien no soy —responde ella—. Tendrías que estar en mi lugar para entender que, cuando el destino te cierra todas las puertas, hasta los milagros se ven como una burla.
Mario la toma por los hombros, insistiendo en que no juzga su pasado.
Carolina, con lágrimas en los ojos, finalmente se quiebra:
—Te amo, Mario. Y aunque me aterra, quiero estar contigo.
El abrazo que siguió fue el sello de su libertad. No fue solo un acto de pasión, sino un refugio. Mientras salían de la iglesia, Carolina no miró hacia atrás; no miró hacia el bar, ni hacia Hilda, ni hacia su vida anterior. Por primera vez en mucho tiempo, caminó a paso firme, bajo una luz que no era la de un bar, sino la de una nueva vida.













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